The Pursuit of Boni

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Me muero, puta madre. Estoy hecha un asco. Llevo como media hora en la tina, calata, sin poder moverme. La luz del sol entra por la ventana y perfora lentamente mi cerebro. En cualquier momento me derretiré como la Bruja del Sur, o me incendiaré como un vampiro. Boni estira la cabeza en dirección al piso de loseta con la intensión de vomitar. Tiene arcadas, llora, gimotea, se retuerce. Putea un rato, pero no logra hacerlo. Al final, levanta la cabeza y mira el baño. La loseta blanca está cubierta de un vómito espeso, que se ha empezado a secar debido al calor.

¡Qué asco!, ¿todo esto es mío?, se pregunta Boni. Luego se da cuenta de que no hay agua en la tina. Está mojada, pero es sudor. No sabe si llegó a abrir la llave del agua, pero estas alturas ya no importa. En su cabeza, un ejército de soldados marcha al ritmo de La Macarena. No lo soporta y se queja. Mira largo rato su pubis bien depilado y se vanagloria. Tengo talento para esto, murmura. Sus uñas color rojo frambuesa combinan con la cortina del baño, que está llena de hongos y a medio caer. Durante un rato tiene la sensación de que hay alguien detrás, que alguien la está espiando.

¿Dónde estoy?, se pregunta por primera vez. De pronto, suena un timbre. Me asusto, trato de ponerme de pie, pero es un caso perdido. Me conformo con jalar la cortina y taparme lo que puedo. La cara y las tetas. Hola, me llamo Boni y trato de salvar lo poco que queda de mi dignidad. Entonces entra alguien, habla por teléfono, pero no le entiendo. Meto la panza y solo alcanzo a ver los pies de esa persona que, con mucha cautela, esquiva los vómitos, se sienta en el escusado y mea.

Pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, pio, es todo lo que escucho. ¡Pío! ¡Pío! ¡Pío! Mientras hace: pissssssss. Asomo un ojo y veo a una chica linda, pelirroja, que está sentada en el escusado y hablando por el celular. Se mira las uñas y apenas me presta atención. Cuando termina, arroja el aparato a la basura y yo le digo: Amiga, ¿qué hora es? La Pajarita hace un gesto de sorpresa y sonríe. Tía, tú sí que estás hecha un desastre. ¡Joder! Te has pasao dos pueblos… Con razón nadie te encontraba, has venido a esconderte acá. ¡Pero qué morro tienes! Saca la cabeza y grita: ¿quién quiere ver a Boni en pelotas?

Todo fue culpa de Billy. Estábamos celebrando el Año Nuevo Chino en Vale Todo, cuando conoció al barman. Alto, agarrado, barbita de camionero. Nadie sabía qué hacía un tipo así en la barra, pero ahí estaba, en todo su esplendor. Billy le había prometido llevarlo a la Calle Capón y enseñarle La Serpiente. Así que el tipo, encantado, no paraba de darnos tragos gratis. Boni pasó por su rato de euforia, luego por su etapa pre menstrual, en la que se deprimió un poquito en el baño, para después regresar con la Pajarita Vasca y decidir que serían mejores amigas forever. Bailaron, fingieron el cumpleaños de Clay y se subieron al escenario con las Mariconcitas del Sabor. 

Entonces todo se vuelve borroso. Recuerda un taxi, una pelea, manchas de sangre. Sabe que en algún momento se quitó la ropa. Sospecha que fue antes de meterse a la tina, pero no encuentra sus prendas. La Pajarita Vasca sigue sentada en el escusado, se ha puesto un calzón transparente y sostiene una botella de cerveza. Se ríe, pero Boni no termina de entender por qué. Por un momento todo le parece un sueño. Se pregunta por Clay. Siente un nudo en la garganta. ¿Dónde estará mi Príncipe Azul?

Abajo hay risas, ruido de botellas, cosas que se rompen. Se escucha también el rechinar de las escaleras, porque alguien sube. Boni está al borde de las lágrimas, reza porque sea él. ¡Clay!, ¡Clay!, ¡Clay!, repite como invocando a Beetlejuice. Por fin aparece, tiene un corte en la ceja, la camisa manchada de sangre y una sonrisa que le dice: estoy dopado y tengo tres puntos, pero aquí no pasó nada. La Pajarita Vasca se sigue riendo, el celular vuelve a sonar desde el basurero y ella solo dice: pío, pío, pío.

Clay arranca lo que queda colgado de la cortina mohosa, me envuelve como un creppe y me lleva en sus brazos por toda la casa. En ese momento, me siento como Whitney Houston al final de El Guardaespaldas. La gente nos mira y aplaude. Aquí todos siguen bailando, hay cervezas por todos lados. Soy la coneja más afortunada del mundo. Billy se asoma colgado del barman, desde la puerta de una habitación, borracho de felicidad, y nos grita: ¡Se ven tan hermosos, los amo! Ya casi en la calle, le digo a Clay: ¿Ya viste?, mis uñas combinan con la cortina… 

Melrose Place´s Party

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No nos gusta ir a Melrose Place. No nos excita ni sus habitantes, ni las intrigas que se tejen, ni el denso humor que se respira una vez que se ingresa por la puerta principal del condominio. Pero el miércoles pasado no había nada que hacer. Era ir a esa fiesta o pasar otra noche viendo porno por Internet.

Todo comenzó cuando Lovelub, una gringa compañera de armas de Boni, ilustre residente de Melrose Place, nos invitó a su fiesta de Halloween. Estás locaza, me recriminó Clay apenas se lo conté. ¿Te acuerdas lo que pasó la última vez? Cómo olvidarlo, recordó divertida Boni. La Lovelub terminó calata en el estacionamiento, haciéndole un mameluco al novio de su mejor amiga. ¡Eran carnavales!, recordó Clay, el problema fue que los encontraron las hijas de unos vecinos. Las niñas salieron gritando, juraban que la gringa se había convertido en zombie y que se estaba devorando al pobre tipo.

No me gusta para nada el rollo Halloween. Entiendo que la Lovelub lo celebre, al fin y al cabo ella es gringa, ¿pero nosotros? No seas aguafiestas, Clay. Además, ¡tengo el disfraz perfecto para Rubita! Llamé a Billy y se le conté. ¡Me encanta!, gritó por teléfono. Billy irá vestido de una Suicide Girl. ¿O sea que todos estamos invitados? ¡Pero claro, boludito!, interrumpió Babyface. Y tú, ¿de qué vas a ir disfrazado? ¡De porro! Esto va a ser un desastre, suspiró Clay.

Apenas llegó Rubita, se encerró en la habitación con Boni. Resignáte, loco, no te hagás más problemas. Babyface, con su disfraz de troncho gigante, le daba curso a uno más pequeño entre sus dedos. Clay estaba vestido con terno, sombrero de ala, chaleco y una metralleta. Todo muy de estilo años 20`s. Billy llegó tarde, solo para encerrarse en la habitación con las chicas. Cuando salieron, Rubita estaba disfrazada de Debbie Harry.

Boni se había encargado de arreglarle el pelo, ponerle un vestidito dorado, un arco y una flecha, para completar el atuendo con unas gafas de sol en forma de corazones. Se le veía hermosa a Rubita, que afirmaba nunca haber escuchado una sola canción de Blondie en su vida. Ni Heart of glass, ni Sunday Girl, ni Dennis. Ni siquiera One way or another. Billy, mientras tanto, tenía puesta la ropa interior de Boni, luciendo sus tatuajes en los brazos, en el pecho, en la espalda. Para rematar, la coneja estaba vestida con una microfalda, medias de nylon rosadas, ligueros y un corsé. O sea, iba como en una noche cualquiera.

Estacionamos el carro a dos cuadras del condominio. La luz blanca de la luna bañaba las veredas, por donde caminábamos disfrazados y en mancha. Con Boni en un brazo y Billy en el otro, el portero nos dirigió una mirada de desconcierto. Babyface se mantenía a unos metros de distancia, quejándose porque se había dado cuenta que el disfraz no le iba a permitir bailar, y Blondie que se resbalaba y hacía equilibrio sobre los zapatos taco quince que Boni le había prestado. ¡Hasta ahora no sé quién es esta tal Blondie!, se lamentaba mientras subía las escaleras de Melrose Place. La puerta del departamento estaba abierta y todo el mundo entraba y salía, como si se tratara de cualquier bar de Barranco.

En la barra de tragos, cerca de la puerta, atendía ALF. Pedimos cinco pisco-gatos y continuamos el recorrido por la casa. Ni Boni ni Clay reconocían a nadie. Hacía mucho tiempo que no ponían un pie en Melrose Place. Todo era bulla, caos y olor a carne chamuscada. En la terraza, una parrilla improvisada era vigilada por un centurión romano. Marilyn Monroe bailaba con Freddy Krueger. Un perro salchicha, disfrazado además de salchicha, se enredó entre los pies de Blondie. ¡Ay, qué lindo!, gritó ella. Una chica, ataviada con un atuendo de Wonder Woman, recogió del piso al embutido y se lo presentó a Rubita. Qué bonitooo, ¿cómo se llama? Gutapercha, le respondió la chica. Su mamá se llamaba Scotch, así que me pareció buena idea ponerle ese nombre. Las dos rieron a carcajadas.

¿Y tú de qué estás disfrazada? No sé, unos amigos me vistieron de una cantante ochentera, pero ni siquiera me acuerdo cómo se llama. Blondie, estás disfrazada de Blondie, le dijo Señor Gatito, que se dirigía a la terraza a tomar aire. ¿Y ese quién es?, preguntó Rubita. No sé, un tarado. Oye, te presento a mi novio, que se ha disfrazado de pirata. Jack Sparrow se acomodó los dreads antes de saludarla con una venia. A Rubita le tomó un par de minutos reconocerlo, pero logró darse cuenta tras varios minutos de conversación vacía. Era él.

Boni acorraló a Señor Gatito en la terraza, zarandeándole el pompom al ritmo de un reggeaton endemoniado. Clay se partía de la risa mirando nervioso al gatito, que trataba de zafarse sin mucho éxito. En eso apareció Lovelub, despeinada, con el maquillaje corrido, absolutamente borracha y sin brasiere. Por su aspecto, Clay comprendió que había estado disfrazada de enfermera sexy, pero con el trajín había ido perdiendo las prendas de su atuendo. ¡Acabo de tirarme a un huevón!, me gritaba al oído, mientras se colgaba de mi cuello, ¡y no tengo ni puta idea de cómo se llama! No, eso no es correcto. No deberías andar diciendo eso por ahí, decía Señor Gatito, muy serio, mientras bailaba con Boni.

Rubita nos abordó indignada. ¡Quiero irme!, me dijo desconsolada. ¿Y a ti qué te pasa?, le preguntamos. Nada. Vámonos, por favor, vámonos. ¡Pero acabamos de llegar!, berreó Boni. ¿Qué pasó, Blondie?, preguntó Señor Gatito. Who broke your heart of glass? Jack Sparrow es un hijo de puta. ¡Ajá!, exclamó Clay. Conociste a mi causa, Pelirrojo Tormento. ¿Lo conoces? Claro, todos en Melrose Place lo conocen. Bueno, excepto su novia, al parecer. ¿Y a ti qué te hizo? Es un imbécil, estuve saliendo con él por meses, entre que aparecía y desparecía de la nada. Ahora conocí a su novia, ya sé por qué me dejó. ¿Te dejó?, se rió Señor Gatito. Lleva con ella como diez años. Pero bueno, también ha estado con medio Barranco.

¿Y este quién es?, preguntó Rubita. Blondie, te presentamos a Señor Gatito, defensor de la moral y de las buenas costumbres en Lima y balnearios. En eso llegó Billy, que nos hizo un abrazo grupal. Al fin estamos todos juntitos, ¡ay, hagamos una orgía! ¡Digan que sí! ¡Ya pues! No, eso tampoco es correcto, lo corrigió Señor Gatito, mientras meneaba su larga cola. No puedes andar pidiendo eso por ahí. ¡Hasta que los encuentro!, nos dijo Babyface, en calzoncillos. Billy abrió los ojos, tanto, que pensamos que se les iban a salir y rodar como bolas de billar.

Es que no saben lo que me acaba de pasar. Una gringa loca, ¿viste?, se metió al baño mientras yo me intentaba deshacer del disfraz. ¡Es que no saben lo que fue, boludos! Me arrastró al dormitorio, me la succionó como una aspiradora y luego se montó sobre mí como si estuviera en el Gran Chaparral. Fue una locura, estoy al pedo. Si me preguntan, ya me puedo largar de acá. ¡Qué tal aguante el de la mina! Hemos estado dándole como una hora, por lo menos. Fue bárbaro, qué les puedo decir. ¿Pero me están escuchando, o estoy hablando solo?

Señor Gatito conversaba con Clay, le daba cátedra sobre el correcto uso de la puntuación en los medios digitales, mientras Boni intentaba sin éxito atrapar entre sus manos la ondulante cola de nuestro amigo, que la miraba de soslayo. ¿Te vas a quedar en calzoncillos toda la noche?, le pregunto Billy a Babyface, relamiéndose. Che, es mi nuevo disfraz. ¿Qué eres, además de argentino y hermoso? No sé, el año nuevo supongo. Billy sonrió, acarició su mejilla y le dijo: pero aún faltan dos meses, mi vida. De pronto, se desató el escándalo. Lovelub, que había estado rotando de grupo en grupo para narrar sus peripecias sexuales, aprovechó para un rapidito en el baño.

Wonder Woman tomaba vino en la terraza cuando Rubita se acercó y le dijo: Oye, creo que Gutapercha está haciendo destrozos en el baño. No puede ser, y se fue corriendo en dirección al pasillo. Cinco minutos después escuchamos los gritos. Según Billy, a quien la curiosidad lo obligó a saberlo todo, Lovelub estaba apoyada en el lavamanos, con las tetas al aire y la faldita blanca a la altura del ombligo, mientras Jack Sparrow la penetra desde atrás. Se acabó la fiesta. Wonder Woman cogió su salchicha y se fue indignada. Lovelub, con una sonrisa fingida de oreja a oreja, apagó la música y se encerró en su habitación. Pelirrojo Tormento, borracho y confundido, vagó durante unos minutos con el pantalón en las rodillas, jurando que todo era un malentendido.

Una vez fuera, Boni, Rubita, Babyface, Billy y Señor Gatito treparon en el Volkswagen y enrumbamos por la Vía Expresa. ¿No tienes frío, amigo?, preguntó el gato al argentino. El silencio en el carro se hizo de pronto bastante denso. ¿A dónde vamos?, preguntó Señor Gatito. ¿Me van a dejar en mi casa? Rubita no pudo contenerse y le dio un ataque de risa. ¿Vas a subir por Aramburú, verdad?, maulló de nuevo. Ahí me bajo, dijo muy serio. Eso es lo que tú crees, lo retó Boni. Pero en el primer semáforo, Señor Gatito saltó por la ventana y se convirtió una sombra corriendo entre los edificios de la ciudad.

Rubita en apuros

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Abrió un ojo y después otro. Lo primero que vio fue a la gata que le lamía la nariz. En seguida contempló lo que parecía el escenario de una guerra encarnizada: ropa regada por el piso, botellas vacías, restos de fruta sobre el parqué. La luz del día que ingresaba a la habitación, colándose por una cortina a medio cerrar. Le dolía la cabeza y no podía recordar nada. No lograba unir cabos.

El que era alto y guapo permanecía desnudo, boca arriba, luciendo las joyas de la corona. Miró a Boni, que estaba como cayéndose, con medio cuerpo en el piso. Aún así se le veía cómoda, como posando para una foto. Clay, mientras tanto, dormía al otro extremo, abrazado a una almohada y con una media sonrisa maliciosa. Los cuatro estaban en la cama y ella en medio, compartiendo sitio con la gata que ahora le pedía de comer.

Llegó a la cocina siguiendo los maullidos del animal. Le dolía la cabeza y no podía recordar casi nada de la noche anterior. Encontró su iPhone junto a una secadora de pelo y una larga fila de copas sucias. ¿Qué había pasado? Sabía que su celular había caído a la tina y nadado junto a los patitos, que había pasado media hora sintiéndose como una idiota, tratando de resucitar al aparato. Hasta que Billy vino por ella y la llevó al cuarto.

¡Mierda, la hora!, dijo Rubita al ver el reloj del microondas. Tenía quince minutos para llegar al trabajo o estaría en problemas. Se vistió como pudo, envidiando a los chicos desnudos que seguirían, por lo menos, un par de horas más en brazos de Morfeo. Corrió con zapatos taco nueve, atravesando el centro empresarial para llegar con las justas. Se sentía un desastre inminente. Pasó tarjeta y se metió como pudo al primer baño que encontró en el banco.

Lavó su cara con jabón, maquilló sus ojeras. Se detuvo ante el espejo para revisar su uniforme. Cayó en la cuenta de que los botones de su blusa estaban fuera de lugar, que el brasier no era suyo y que, por sus costillas, alguien había hecho el dibujo de un conejo. Rubita se asustó. Siguió buscando más indicios de la noche pasada. Pensándolo bien, el calzón que tenía puesto tampoco era suyo. No podía ser de Boni. Parecía, más bien, un calzoncillo diminuto. Se dio conque en una de sus nalgas, alguien había escrito: boniandclay.com.

Se sienta en su sitio luego de haber arreglado, lo mejor que puede, su ropa. Confía en que su mal aspecto podrá pasar piola si dice estar enferma, o con el periodo, o con las dos cosas a la vez. Durante el trabajo sufre de intensos flashes en los que le parece recordar detalles de lo ocurrido anoche. Sabe que Billy la encontró en la cocina, que la consoló un rato y que la llevó, entre risas, a la habitación. Ahí se da con que están tirando sobre la cama. El agua que resbala del cabello mojado de Boni recorre todo su cuerpo hasta llegar a sus nalgas.

Rubita se excita durante estos flashbacks. Siente que Billy le manosea los senos, le muerde el cuello, la besa en los labios y le dice: ¿quieres tocarla? Está en el trabajo, no puede estar pensando en esas cosas. Cuando se da cuenta, le ha metido diente a lapicero que chupa con esmerada dedicación. ¿Qué me está pasando?, se pregunta agitada mientras revisa su correo. Hay un cliente que quiere saber la taza de interés de los depósitos a plazo fijo, pero Rubita solo puede pensar en la nalgas de Boni, en lo firmes y suaves que se sentían.

Suena el teléfono. Hola, contesta ella. Ha pasado la mitad del día, Rubita se siente casi liberada. Espera que pueda ser Boni, o Billy, o aunque sea Clay, le gustaría escuchar a cualquiera, menos al tipo que por fin la llama. Lo encuentra ahora tosco y aburrido, proponiéndole volver a salir a hacer cualquier cosa menos lo que ella quiere ahora. ¿Será como una adicción?, se pregunta. ¿Me estaré volviendo loca, al fin? Se le cae el lapicero y, al agacharse, recuerda el momento exacto en el que Clay se la penetra mientras ella, en cuatro, le ruega a Billy que se la ponga en la boca. Eres una buena niña, Rubita, le felicita Boni. Eres realmente una cosita muy bonita, mientras le acaricia el pelo.

No lo soporta más y se mete al baño. Encerrada en un cubículo, recuerda haber sido cogida de pie, en el piso, sobre la mesa del escritorio. En todos lados, en todas las formas, en todas las combinaciones posibles. Está tan excitada recordando todo esto, que se pasa la hora del refrigerio metida ahí, intentando recrear alguna de esas escenas. Con la mano entre las piernas y un dedo en la boca, recuerda haber besado a Boni, haber lamido sus pechos, haber juntado sus pubis, haber tenido dos vergas al mismo tiempo en la boca.

¿Pero cómo puede ser posible eso?, piensa antes de correrse. Todas las imágenes estallan en su cabeza al mismo tiempo que ella lo hace entre sus piernas. Cierra los ojos y toma aire. Recae en la última imagen que tiene de ellos, dormidos, muy quietos, en el cuarto. Se les ve tan pacíficos y hermosos, que le gustaría volver y encontrarlos así, en esa misma posición. Verlos dormir durante horas. Algo bonito la invade. No sabe qué es, pero piensa averiguarlo.

Varias horas más tarde, sale del banco y camina hasta a la casa de Boni. Cuando llega no sabe qué timbre tocar, pero Billy la aborda cargando bolsas de plástico. ¡Hola sorpresita!, la saluda. ¿Vienes a almorzar? Pero si son casi las ocho, argumenta ella. Cuando abrimos la puerta, Boni sale de la cocina emocionada. ¡Volviste, Rubita!, la celebra. Has venido a almorzar con nosotros, ¿no? Pero es de noche, insiste ella. ¿Y qué tiene? Nosotros desayunamos al mediodía. ¿No te han dicho que es malo saltarse las comidas? Entonces los contempla armar la mesa. Clay hace individuales de papel bond, sentado frente a ella. ¿Aún quieres que te lleve a tu casa?, le pregunta. Rubita no dice nada, pero le dedica una sonrisa.

Abarájame en la bañera, nena

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Los brazos de Boni se extienden intentando alcanzar el cielo. Son las diez de la mañana y Babyface le grita desde el pasillo: ¡Es tarde, salí de ahí! Miau, responde ella. Casi a las doce, Boni se pasea arrastrando su colcha rosada por todo el departamento. Su modorra se hace aún más intensa cuando escucha el pasar de los carros afuera. La gata se acomoda a su lado, sobre la mesa, para acompañarla a mirar el caos de la ciudad desde su ventana. Al rato se aburren. La gata se duerme. Y Boni le dice a nadie, pero al mismo tiempo a todo el mundo: me voy a meter a la tina y no pienso salir, carajo. 

Cuando llega Clay, casi a las tres de la tarde, la encuentra calata y sumergida hasta la nariz en agua caliente. ¿Qué es lo que pasa, Boni?, le pregunto. ¿Estás triste por lo que puso esa chica en el blog? ¡No le hagas caso! La gente ordenada debe ser terrible en la cama. Seguro nos quiere heteronormalizar, de paso. No estoy triste por nada, dice ella. ¿Entonces? Solo me siento cansada, Clay. Me duele mi cuerpecito. ¡Pobre! Además, he estado pensando mucho en Rubita. Dame tu celular, quiero llamarla. ¿Pero tienes su número? Claro, me lo dio la otra noche, antes de perderla en Matadero.

Aló, ¿Rubita? Silencio al otro lado de la línea. Rubita, ¿estás ahí? ¿Qué quieres?, susurra ella, perdida entre el ruido de oficina. Te llamo porque quiero devolverte tu Smartphone, dice Boni, aún en la tina. ¡No es un Smartphone, es un iPhone!, se atraganta, pierde la compostura, tose. No te molestes, solo quiero devolvértelo. Boni chapotea en la tina, juega con su esponja de baño y le dirige una media sonrisa al espejo. Rubita resopla por el auricular. ¿Por qué no vienes a mi casa? No puedo, tengo un montón de trabajo. ¿Pero qué hace una chica tan bonita trabajando un viernes? No sé, yo también me lo pregunto. Rubita suspira, solloza, se desespera. Está bien, ¿dónde diablos vives? Coge un bolígrafo y se dispone a apuntar la dirección, mientras piensa en el iPhone que todavía no ha terminado de pagar.

Acto seguido, Boni llama a Billy. ¿Aló, mi amor? ¿Vas a venir? ¿Me puedes comprar unas cositas? A ver, ¿tienes donde apuntar? Quiero tres Riccadonna, dos kilos de fresas, cuatro cajas de condones… ¡No! Mejor seis. Sí, mi amor, del sabor que tú quieras. Un tubo de lubricante. Sí, sí, a base de agua. ¡Ay, un pote de Nutella! Y si no es mucha molestia, 3 Musketeers. No, no uno, tres. ¿Así se llaman? Bueno, como sea. Compra todo eso y ven rápido, que tenemos una sorpresita para ti.

Clay conversa con Babyface, se turnan un cigarro en la sala. Boni cuelga el teléfono y estira sus piernas, torneadas y perfectas, fuera de la tina. ¡Babyface, préstame tus patitos!, grita. Al rato, su roommate entra al baño con una bolsa llena de patitos de hule. ¿En serio te quedás todo el día en la tina?, pregunta. Sí, ¿no me crees? No, si yo solo preguntaba. Suena el timbre y entra Billy, que saluda a Clay con un beso en los labios. ¿Qué es esto?, pregunta al ver a Boni en la tina. Es mi nuevo hobby, responde ella, pasar el día en la tina y que se vaya a la mierda el mundo. ¿No quieres jugar tú también? Sale y vale.

Clay pone algo de música, abre un Riccadonna y se dedica a mirar mientras bebe del pico. ¡Ay, tienes patitos!, exclama Billy, desnudo, al tiempo que mete un pie y luego otro en el agua tibia de la bañera. Una vez dentro, se siente como Audrey Hepburn en Breakfast at Tifanny’s. ¡Clay, tienes que venir a leernos algo aquí, a nuestro lado! ¿Qué quieres que te lea? No sé, cualquier cosa. ¡Estás loco!, se ríe, mientras arma un cigarro con los dedos. Finalmente suena el timbre. Boni sale disparada de la tina, por primera vez en todo lo que va del día, se enrolla una toalla afelpada y corre a la puerta para abrirle a Rubita. ¡Llegaste!, la recibe saltando y al abrazarla deja caer la toalla. ¡Por Dios! ¿Siempre estás calata? Clay, Billy y Babyface, los tres al unísono, gritan: ¡Todo el tiempo!

Bueno, devuélveme mi celular, dice Rubita, cansada, con el uniforme del trabajo y el cabello desordenado. Te veo estresada, ¿no quieres darte un baño? ¡Estás loca!, responde. Oye, Rubita, ¿tú a qué hora te despiertas? A las seis, claro, porque tengo que comerme todo el tráfico de mierda y estar en el trabajo a las ocho. Bueno, así como lo veo, tienes dos opciones. Adentro hay una tina con agua caliente, cositas ricas, Riccadonna, fresas, chocolates, una esponja hermosa de metro noventa. Puedes entrar, relajarte y esperar a que pase el tráfico. ¿Me vas a dar mi iPhone o no? Claro, si está allá dentro, solo falta que pases por él.

En el baño, Rubita se queda petrificada cuando ve el escenario. Billy, que la saluda con entusiasmo y la llama sorpresita; Clay, que le ofrece una copa de Riccadonna; el argentino, que se pasea por el departamento y la saluda desde el pasillo: ¡Hola!, como si fuera la cosa más normal del mundo una fiesta en una tina. Bueno, suspira, cansada. Una vez que tiene su celular en la mano, lo prende. Boni se mete de un salto a la bañera. Vamos, entra de una vez que se va a enfriar el agua. Rubita no responde. Está nerviosa, excitada, nunca antes se ha quitado la ropa delante de tanta gente. Rubita, ¿estás bien?, le pregunto, preocupado. Sí, responde, es solo que no sé dónde se supone que voy a entrar.

Aquí, entre el patito y yo, le dice Billy. Lentamente, Rubita se va quitando el saco, la cortaba, el chalequito ridículo con el que tiene que ir a trabajar. Botón por botón se va quedando sin blusa, dejando al descubierto un coqueto brasier con encaje. Se quita los zapatos y las pantis, para luego despojarse de ese horrible pantalón azul con pliegos que completan su uniforme. ¿Te vas a meter así, en ropa interior, sorpresita?, pregunta Billy. Sí, y dejen de llamarme sorpresita. Rubita mete un pie a la vez, se pone en cuclillas, se sienta y empieza a sentirse calientita. Clay sonríe, le pasa una copa. ¿Te puedo lavar el cabello, Rubita? Ella sonríe y dice: bueno, está bien. Entonces, por primera vez, empieza a sentirse a gusto con ellos.

Disturbio en Matadero

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Boni avanza entre la multitud. Son miles de brazos que se arremolinan en una mancha deforme. A las justas llega a la barra, donde alcanza a pedir un vodka tónic. ¡Con mucho hielo!, grita, pero la chica que atiende apenas la mira. En Matadero hace un calor sofocante, la bulla ensordece y los chicos andan casi sin ropa. A Boni la miran con simpatía, con sus orejas desordenadas y su minifalda descarada. Es una más.

No es el mejor día para Billy. No quiere bailar y apenas sostiene un vaso de cerveza. Cuándo le preguntamos qué tiene, se muestra reacio pero termina contándolo todo. ¡Se murió, huevón, se murió!, exclama, intentando hablar entre la bulla. ¿Quién?, pregunta Clay, preocupado. ¡Marilyn, la protagonista de mi película!, estalla en llanto sobre mi hombro. Pucha, lo siento. ¿Y eran muy amigos? ¡Era la quinta vez que trabajaba con ella!, moquea Billy.

La fila para pagar no avanza. Boni aprovecha para pulsear a la chibola que discute porque no le aceptan su billete de doscientos soles. ¡No tienes sencillo o no quieres cambiarme!, berrea, interrumpiendo el flujo de la caja. ¿Cómo es posible que le hagas esa maldad a esta cosita tan bonita?, le dice Boni a la cajera. Cóbrate de acá. ¡Gracias!, le dice la chibola. Pero igual no sé cómo voy a hacer para irme a casa, nadie me quiere cambiar este billete. Boni le dice: yo también te puedo llevar a tu casa, ya veremos más tarde. Y se ríen.

Trabajó un par de veces con Testino, ¡no sabes lo fotogénica que era! Marilyn estuvo en pasarelas, hasta creo que la fama se le subió a la cabeza. Billy se seca los mocos. ¿Pero qué le pasó?, pregunta Clay, intrigado. No lo sé, me llamó esta mañana su entrenador. Dice que fue a despertarla y Marilyn estaba muerta. ¡Sobredosis!, exclama Clay. Nada que ver, tenía una dieta estricta a base de hierbas y Dios sabe qué. Pero eso no es lo peor… ¿Qué?, ¿hay más? Sí, media hora después recibí otra llamada. Era de la producción, diciendo que en realidad Marilyn había escapado a medianoche del establo y muerto atropellada en la carretera.

La chibola, además de ser bonita, bailaba lindo y tenía muchas amigas, cada una más borracha que la otra. Boni estaba a punto de ponerle un lazo en el cuello y llevarla a su casa, como quien se roba un gatito del parque Kennedy. Te voy a presentar a mis novios, le había dicho. Es entonces que me doy cuenta. Dos pasos más allá, junto a los Village People, Rubita aguarda turno bien modosita con una mancha de yupis que, en lugar de bailar, parecía estar haciendo turismo ecológico. Ellos, con la camisa dentro del pantalón; y ellas, con el bolsito colgando del brazo. Me olvido de la chibola y voy tras ella.

¿Y qué hacía en un establo? Clay parece confundido. ¡Es que ahí vivía pues!, le grita Billy antes de darle un sorbo a su vaso de plástico. Marilyn vivía en un establo, pero no en cualquier establo, era casi un camerino. ¡Espera, espera, espera!, lo interrumpe Clay. ¿Qué hacía esa chica viviendo en un establo? No. Es que no has entendido nada, Marilyn era una actriz, pero también era una llama. La llama más linda y regia que ha vivido en este planeta. ¡Marilyn era una estrella y ahora ha muerto! Es más, tengo mis sospechas, creo que se suicidó. ¿Por qué me hizo esto, la desgraciada? ¡Y a dos días de empezar el rodaje!

Se te cayó un papelito, le digo al oído. Rubita voltea mirando hacia el piso, pero solo encuentra dos largas piernas enfundadas en unas pantis rosadas. Y mientras busca a la dueña, escucha: el que te envuelve, bombón. Rubita intenta no sonreír, pero la vanidad la mata antes de que reaccione. Se intercalan por lo menos tres muecas en su rostro: sorpresa, enojo, indignación, ante la sonrisa de oreja a oreja de Boni. ¡Huevona, devuélveme mi celular! ¡Casi me violan en la Costa Verde, por culpa del degenerado de tu novio! Pero entonces empieza una canción de Britney, y todo el mundo sabe qué pasa cuando suena Britney en Matadero.

Clay acaricia el cabello rubio de Billy, le dice que no se preocupe, que todo va a estar bien. ¡No, nada está bien! En cuatro horas tengo que estar en Pachacamac, haciendo un casting de llamas. ¡Y nada va a ser lo mismo sin ella! En medio de todo esto, un chico ha subido al escenario convencido de que es Britney Spears. La gente se arremolina en la pista de baile, le gritan y le toman fotos. Los movimientos son perfectos. Levanta los brazos, mueve las piernas, agita la cabeza y los hombros. Se entrega al público como si fuera el fin del mundo.

Rubita es arrastrada por la fiebre de la pista de baile. Pierde la concentración de lo que está haciendo, putear a Boni, y está más preocupada en abrazar su cartera y cubrir sus tetas de los manoseos de la multitud. Más allá, Billy abraza a Clay desconsolado. Lo besa, sintiendo una erección. Empiezan a bailar lento, como los chinitos de Happy Together, mientras la canción suena atronadora. Boni, por su parte, busca a Rubita en ese remolino de torsos desnudos y senos que se baten. La encuentra indefensa y asustada. Y cuando Rubita piensa que va a ser rescatada como Whitney Houston en aquella película, Boni la abraza y le zampa un beso.

¡Qué casualidad, nos volvemos a encontrar!, le digo a un centímetro de distancia. Rubita lanza un alarido, que se pierde entre la bulla de la fiesta. Entonces empieza a propinarle manotazos, pero la gente sigue amontonándose para adorar al falso Britney. La gente grita, salta, baila. Y la pobre Rubita termina colgada de mi cuello, rogando que la saque de ahí. Camino a la puerta, la chica de los doscientos soles me aborda porque quiere que la lleve a su casa. Sus amigas se han ido y está borracha. Trata de meterse entre las dos. ¡No, me va a llevar a mí!, grita Rubita, molesta, cansada, histérica. La golpea con su cartera, como si tratara de matar a una mosca.

Boni se tropieza con Clay y Billy tratando de huir de Matadero. La escena a lo Wong Kar-wai es interrumpida por Alien vs. Depredador en versión Hello Kitty. Es hora de irnos, les dice apresurada. Una vez en la calle, ella explica atropelladamente que Rubita se peleó con la chibola de los doscientos soles, que los yupis se largaron y que al final Rubita se perdió en el baño.

¡El acabose!, grita Boni. Cuando por fin Clay arranca, Billy hace una confesión: creo que la llama era racista. ¿Qué? Sí. Cuando se enteró que íbamos a filmar en Ayacucho, que iba a interpretar el papel de un burro, fue demasiado para ella. Claro, Marilyn era feliz mientras trabajara en los estudios de Testino, en medio de esas modelos altas y delgadas. Billy rompe en llanto una vez más. Boni lo abraza y lo consuela, aún sin entender a qué diablos se refiere.

Una rubia debilidad

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La chica es rubia. Lleva un pantalón deportivo blanco y una colchoneta para el yoga. Clay la sigue de cerca en el edificio. En clase, se acomoda junto a ella. Olor a incienso, música indie new wave vol. 3. Todos sentados en el piso hasta que llega la profesora. Una vez que lo hace, empezamos con los estiramientos. Clay la contempla hacer la pose del perrito mirando hacia abajo. Está buena la rubita. Ahora separa las piernas en un ángulo 180. Es perfecta. No tiene el perfil de las que trabajan en un banco. Sonríe para sus adentros. Boni los espera en el coche.

La clase termina con la postura de la paloma orgullosa. Rubita separa las piernas y saca el pecho. Se ve linda por sus cuatros costados. No como la gordita de la primera fila, que usa una pantaloneta dos tallas menos de lo que debería. Antes de irse, Rubita guarda su colchoneta y se pone sus Reetone rosadas. Yo sé para qué son esas zapatillas. Las chicas que cuidan sus culos las usan. Boni me ha pedido un par para Navidad. Clay se acerca a la chica con un libro de Osho bajo el brazo, decidido a subirla a su Volkswagen.

Ella es una incondicional del gurú indio. La escuché recomendarlo un par de veces a sus amigos. ¿Estás leyendo ese libro?, pregunta ella. Acabo de comenzar, responde Clay, aunque se nota que no ha leído una sola línea. Igual, es suficiente para que Rubita empiece hablar de los chakras, del poder de la meditación, de lo bien que le está cayendo el alpiste. Es solo cuestión de que me acompañe hasta el estacionamiento. ¿Para dónde te vas?, pregunta él, justo cuando Boni saca la cabeza por la ventana del carro.

Clay presenta a Rubita como Rubita. En ese lapso, Boni salta del Volkswagen, empuja el asiento del copiloto y la convence para ir juntas atrás. Es más lindo, le dice, me recuerda cuando era chica. A Boni le gusta siempre estar atrás, afirma Clay. Rubita sonríe pero no entiende. ¿Me van a llevar a mi casa?, pregunta. Clay enciende el motor y avanza en dirección a El Ejército. ¡Vamos por la playa!, grita Boni mientras saca un vino dulce de su cartera. Clay prende la radio y sintoniza una emisora que solo pasa canciones de la Nueva Ola. Me pareces conocida, le dice Boni a Rubita. ¿Tú no trabajas en un banco, o algo así?

Sí. Por el centro empresarial, murmura Rubita. La noche cae sobre el mar. Ya casi no se ven carros por la Costa Verde y las luces de los faros se han encendido. Clay busca estacionarse en una playa desierta. Entonces eras tú, hace días fui a sacar plata del banco y me atendió una chica muy linda. ¿Tu uniforme no es azul, o celeste? Boni le entrega un vasito de plástico con vino. Clay monitorea todo por el espejo retrovisor. Finalmente estaciona. Rubita sonríe, pero no bebe. Boni le dice: te queda lindo ese color. ¿Por qué estamos aquí?, pregunta ella. Por tu cabello. ¿Qué? Eso hace que te quede bonito el uniforme, concluye Boni.

Creo que ya es un poco tarde, dice Rubita desconcertada. Es cierto, acabamos el vino y nos vamos, promete Boni. Clay se relaja, extiende sus piernas sobre el asiento del copiloto, no deja de mirar por el espejo retrovisor y prende un cigarro que despide un olor amargo. ¡Uy, lo siento!, grita Boni antes de derramar el vino dulce sobre Rubita. ¡No te preocupes, ya te limpio!, le dice mientras se saca el polo y lo empieza a frotar contra su cuerpo.

Clay intenta aguantar la risa, pero en lugar de eso se atora y tose. ¿Qué está pasando?, pregunta asustada, ¿qué es lo que huele tan raro? Boni se ríe mientras Rubita trata de sacársela de encima. ¿Por qué estás calata? Ay, qué exagerada. Solo estoy haciendo toples, ¡estamos en la playa! Eso es lo que me pregunto, ¿qué diablos hacemos aquí? Yo solo quiero irme a mi casa. No seas aburrida Rubita, le dice Clay. Además, no tenemos idea de dónde queda tu casa. La chica toma sus cosas como puede, empuja a Boni y baja del carro.

No seas loca, sube. Te puede pasar cualquier cosa. Hay gente muy rara por acá, le advierte Boni. ¡Ni cagando me vuelvo a subir con ustedes!, nos grita Rubita alejándose. ¿Cómo vas a hacer para regresar?, pregunta Clay desde la ventana del copiloto. Me tomaré un taxi o me iré caminando, la escuchan decir. En seguida desparece en la oscuridad. Pucha, qué pena, esa chica está loca. Sí, es demasiado aburrida. Además está jodida, apunta Boni cuando el Volkswagen empieza a correr por la avenida. Por acá no pasan taxis. Pero siempre puede llamar a uno, señala Clay. No creo, yo tengo su celular.

Billy the Kid

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Clay lo reconoce. Aún a varias cuadras, su delgada silueta y su alborotado cabello le confirman que es él. Lo ha visto antes, ha escuchado rumores, historias contadas por amigos que no tuvieron mayor reparo en guardar detalles. De pronto, las miradas se cruzan. Clay busca algo en su bolsillo y se detiene a pocos metros de distancia. Billy apresura el paso, pero es interrumpido por el semáforo en rojo.

Al otro lado de la acera, Clay extrae su celular sin perder de vista a Billy. La calle luce desierta. Ya estoy con él, le dice a Boni y cuelga. Billy hace lo mismo: saca su teléfono y contesta una llamada. El semáforo cambia de color y ambos se encuentran a mitad de la calle. Se dan la mano, se propinan un corto abrazo. ¿Tienes el material?, pregunta Clay. Aquí mismo, responde el chico, señalando el bolsillo de su casaca militar.

Media hora más tarde estamos en una mesa del bar Queirolo. Una botella de pisco, un balde repleto de limones. Hielo, ginger ale, jarabe de goma: una res. Los chicos beben, literalmente rompen el hielo. Luego llega Boni, que se sienta en las piernas de Clay y saluda a Billy con un pico en los labios. Acabo de asaltar una zapatería, anuncia y hace temblar la mesa al depositar sus pies. Me muero, ¡están lindos!, exclama Billy. Te los presto más tarde si te portas bien. Ahora hablemos de negocios, los interrumpe Clay. Muéstranos eso que tienes para nosotros.

Billy se sonroja, mira a su alrededor y saca del bolsillo de su casaca un par de pases de prensa. ¿Son para todo el festival? Son las más cotizadas, con ellas puedes sentarse en la primera fila, junto al director si te da la gana. Pero eso sí, si alguien pregunta, trabajan para Reuters o France Press. Excelente, te has ganado nuestro aprecio, querido Billy. Bueno, espero ganarme un poco más que eso, responde el chico sonriendo.

Una vez acabada la segunda res, Billy está listo para empaquetar y llevar. Ha contado todo sobre su niñez en Arequipa, su adolescencia en la selva, sus amoríos con turistas que prometían algún día volver. Billy era realmente un chico hermoso: su cabello rubio, su metro noventa de estatura y su bien formado cuerpo lo convertían en un bocado perfecto para nosotros. Ay, esa boquita de fresa, diría más tarde Boni, recordándolo.

Para cuando llegamos a casa, el celular de Billy no deja de sonar. Alguien lo está buscando para algo, pero él no parece interesado en contestar. Estamos demasiado borrachos. Boni lo mete a su cuarto con la excusa de querer mostrarle algo, mientras Clay sale a buscar más licor. Cuando regresa, los encuentra travestidos, tomándose fotos sobre la cama. Boni tiene los bóxer de Billy y una corbata de Clay en el cuello. Estamos listos para la fiesta, anuncia ella. ¿Cuál fiesta? La que vamos a armar aquí, sonso. Billy lleva los zapatos de Boni, un baby doll y un lazo en el pelo.

Clay se quita la ropa, le pide a Boni su calzón y se lo pone en la cabeza. Ya estamos, dice, lanzándose a la cama con ellos. Boni salta sobre Clay, le tapa los ojos con las manos y empieza a besarlo, intercalándose con Billy, hasta que se aburre de eso y empieza a tomarles fotos. Los chicos han empezado a besarse y pronto se enfrentan en un duelo de espadas. Boni está maravillada, camina sobre la cama con la cámara en la mano, la corbata colgándole por la espalda y las tetas al aire, mientras los dirige como si filmara una película porno.

Clay y Billy se chupan mutuamente las vergas, hasta que Boni decide sentarse sobre la cara de Clay, sin soltar la cámara. ¿Tienen condones?, pregunta Billy. Hay colores, hay sabores, responde ella, contenta, señalando su mesa de noche. Clay, mientras tanto, continúa devorando el coño de su novia y empieza a masturbarse. ¿Y esto?, pregunta el chico, sacando del cajón el vibrador anal de Boni. Esa es la versión anterior a ti, responde ella con un guiño. Luego Clay se reincorpora, la pone en cuatro y la somete. Billy se acerca a la pareja, con el vibrador aún en la mano, besa en los labios a Clyde y luego se acomoda debajo de ella. Boni lo lame como un perro, le ladra y lo muerde.

Una vez que Clay acaba, se echa al costado de ellos. Le pone el condón a Billy y contempla divertido a Boni saltar sobre él como un conejo. Acaricia el cabello del chico y le pregunta si la está pasando bien. Billy se corre en ese instante como respuesta. Hay un momento de silencio, unos pocos segundos en los que solo se puede escuchar la respiración agitada de Boni, como si empezara a apagarse. Pero no. Inmediatamente, ella lo pone boca abajo, se sienta sobre sus nalgas y le informa que todavía falta lo mejor. ¿Qué cosa?, pregunta Billy. Espera y verás. La sonrisa de Boni se hace grande con el sonido del vibrador.

Carta a Boni

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Boni:

Te escribo porque mi novio no me deja en paz, solo me pide sexo anal. No sé si será que yo tengo el culito muy estrecho o él la tiene muy grande, pero ya intentó de todo (lubricantes, dilatantes, dedito) y la verdad que a mí de lo único que me da ganas es de abofetearlo. ¿Qué tanta vaina con el sexo anal?

Lady MacBeth

 

Querida Lady:

Si tu novio te tiene harta con la cantaleta de que te quiere dar por atrás, lo que en realidad te está pidiendo es que tú se la metas. Muy fácil: en plena faena le das vuelta, te montas encima de él, te colocas sobre su coxis y te frotas bien agarrada de sus hombros, hasta que te sientas dueña de la situación. Ten a la mano lubricante y si no hay, con saliva nomás. En seguida, sacas tu vibrador (toda chica debe tener uno, son los nuevos tacos. De lo contrario, pide uno por Amazon; hay modelos hay colores). Tu novio no se va a hacer muchas bolas, todo chico en el fondo quiere, secretamente, que se la metan. Imagina que el vibrador es el pene que siempre quisiste tener. Dile cosas sucias al oído y prométele, aunque sea mentira, que luego de él sigues tú. Créeme, se va a correr como un dios del Olimpo. Después de eso, no te va a volver a molestar con eso del sexo anal.

Besos muchos,

Boni.

A través de la oscuridad

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Las calles estaban vacías. Clay estacionó frente a la única puerta con luz. Apagó las luces pero no el motor. Nos miramos. Boni hizo un guiño y Clay palpó con los dedos sus rodillas desnudas. Ella bajó del carro y el frío la golpeó. Con una mano cerró su abrigo y con la otra acomodó el mechón de pelo que el viento desordenaba sobre su rostro. A lo lejos se escuchó una sirena. Boni avanzó decidida. La puerta estaba cerrada y solo quedaba abierta una pequeña rendija. Ella se empinó y una voz al otro lado preguntó: ¿qué quiere? Dos paquetes de lubricante, pidió Boni. ¿A base de agua? Sí, por favor.

El camino a la casa de Boni se hizo corto. ¿Por fin lo tenemos todo?, preguntó Clay. Pilas, lubricante, Red Bull. El botiquín ideal para un buen tiroteo. Solo nos falta que lo filme y lo cuelgue en YouPorn. Ambos reímos. ¿Te conté lo que soñé anoche?, preguntó Boni. ¿Vas a contarme otra vez lo del caballo? No, mi vida. Eso fue la otra noche. Y por favor, deja de traer esas películas tan raras. Soñé que tenías dos vergas, una encima de la otra, y que cuando tirábamos podías metérmela por adelante y por detrás a la vez. ¡Como Pepito Dos Cañones!, celebró Clay. Así es, como Pepito Dos Cañones. ¿Y te gustaba? Uf, nos divertíamos a morir, no sabes.

Una vez en su cuarto, Boni empujó a Clay contra la puerta. Mientras ella se desvestía, Clay se dedicó a hurgar debajo de su falda. Se quitó el polo y al instante siguiente Boni ya estaba desnuda, quebrando las caderas y mirándolo por encima del hombro. Lo quiero aquí, le ordenó. Clay abrió un poco las piernas, se agachó y la penetró desde abajo. Le palpó las tetas, le mordió el cuello, le jaló de los pelos. Boni, por su parte, gritó palabras que ni siquiera Clay se atrevería a repetir. Luego la alzó con un brazo y, sin sacársela, la llevó hasta la cama.

Ella, en cuatro, y él, parado, veían su reflejo en el espejo del tocador. Boni sonreía tirando la cabeza hacia atrás, como si estuviera posando para la revista Glamour. Clay continuaba sometiéndola a la dictadura de Polifemo. Te gusta, ¿verdad? Boni no respondió, pero continuó sonriendo. La cama rechinaba como si también gozara. Después de un rato, Boni se descolocó y dio media vuelta quedando boca arriba. Yo sé lo que tú quieres, dijo Clay. Boni rugió como un tigre. Clay abrió el cajón del velador y sacó el juguete. Ha pasado tiempo, le dijo mirándolo fijamente, pero nos volvemos a encontrar. Boni abrió el sobre de lubricante con los dientes.

Clay embadurno el juguete y puso las piernas de Boni sobre sus hombros. Se la metió violentamente y, cuando Boni empezó a jadear, le introdujo el juguete. Boni hizo una mueca de dolor. Él tuvo cuidado, dejó que ella resoplara un par de veces antes de continuar. Aún falta lo mejor, dijo Clay antes de prender el vibrador. Boni bajó las piernas y abrazó con ellas el cuerpo de Clay, sacudiéndolo y gritando de placer. Clay la besaba en la boca, en el cuello, le mordía los hombros y Boni jadeaba. Luego ella lo mordió en el pecho como un Dobermann y se quedó aferrada a él hasta que terminó. Clay, aún erecto pero quieto dentro de ella, sintió el vibrador. Buscó la base y lo apagó.

Boni se recompuso. Aún no has terminado, ¿verdad?, preguntó. Clay negó con la cabeza. Y has sido tan bueno conmigo, te voy a recompensar, dijo ella. Se puso de pie, cogió el juguete y caminó hasta el baño. Clay la esperó sentado en la cama con las piernas abiertas. ¿Qué vas a hacer?, le preguntó. No tienes ni idea, pero te va a gustar, sentenció. Boni lo empujó suavemente. Con una mano cogió su pene, agachó la cabeza y de un solo bocado se lo tragó. Subió y bajó un buen rato chupando su verga y, sin soltarla, se metió el vibrador a la boca, dejándolo húmedo y brillante. Una vez listo, se las ingenió para prenderlo con una mano y lentamente se lo introdujo.

Clay sentía la boca de Boni juguetear con su glande mientras una extraña sensación lo invadía. Por un momento quiso que se detuviera, que lo dejara. Pero Boni se empeñó de tal manera que a Clay solo le quedó dejarse llevar. Entonces lo sintió todo: las manos de Boni masturbándolo, el fondo de su garganta y la vibración. Clay escuchó su propio gemido y terminó. Boni levantó la cabeza y limpió la comisura de sus labios como si se acabara de comer un pastel con crema chantilly. Clay la miró asustado. Me encanta que te lleves tan bien con mi vibrador, le dijo sonriendo. A mí también, Boni. ¿Pero ya podrías apagarlo?

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